lunes, 29 de octubre de 2012

LA VENGANZA DE ZEUS Por Alfredo Baldovino Barrios
Antes de que Prometeo lo robara para donarlo a la humanidad, el Fuego era un lujo de los dioses. ¿Cómo se las arreglaban nuestros hermanos entre la bruma? Nadie lo sabe con certeza. Suponemos que los ojos estaban en las manos y el paladar, en la nariz y los oídos. Que lo interior reflejaba lo exterior. El palpar el propio rostro y el del compañero más cercano, no podía menos que inducir a pensar que el otro y yo éramos la misma cosa. Él árbol, la montaña, el río, a su vez, no podían ser tomados sino como la extensión de uno mismo, como el dedo de un pie o una oreja. La diversidad era la unidad. La más completa dictadura del instinto. Presentida la amenaza en el rugido de una fiera o el bramido del huracán, habría el Hombre de tropezar con miles de obstáculos antes de resguardase en una cueva. Imaginamos una tribu en cuclillas, persuadida de ser una sola y única persona, comiendo carne cruda y balbuciendo incoherencias. Ahítos de vino, bellos y arrogantes, departirían los dioses, mientras tanto, bajo el fulgor de las antorchas. Hasta que ocurrió lo impensable: Prometeo burló la autoridad de Zeus y robó el Fuego en el tronco de una planta para obsequiarlo a los humanos. En un acceso de cólera, el cronida se arrancó mechones de barba y el mundo entero se estremeció con el estampido de sus relámpagos. Pero el daño ya estaba hecho. Prometeo, encadenado a una roca, la flor de su hígado devorada diariamente por un águila, deliraba de dolor y de gozo. El desquite del hijo de Gea no tendría nada que ver con ninguna caja de Pandora, como mintió el loco de Hesíodo. A ningún gato se le ocurre buscar al ratón detrás de su propia oreja. La enfermedad suele esconderse en el interior de la panacea y la panacea en el corazón de la enfermedad. No habría escapatoria. No obstante, al comienzo todo fue dicha acá en la tierra. La luz se enseñoreó en el cielo y una nueva vegetación desbordó los campos. El mundo surgió ante la asombrada mirada de nuestros hermanos como algo inevitable, verdadero, y prodigioso y los balbuceos cedieron el sitio a las primeras palabras articuladas. Ahora cada cosa adquiría un nombre. Ahora nada era tan cierto como ser lo que se era. Qué estupefacción la del hombre que ve por primera vez su reflejo en las pupilas de su vecino, y la forma de los bosques y montañas definiendo un terreno individual , distinto al que trazaba la silueta del propio cuerpo. Fue así como el Yo abrió el paso al Tú y al Nosotros, y como el instinto empezó a ser reorientado por una inquisitiva luz interior. Era tan natural que tú fueras tú, que a nadie le cupo en la cabeza que el mundo pudiera ser de otra manera. El rápido del río estaba en su sitio, las nubes en su sitio, el hombre en su sitio, los dioses en su sitio. Nada fue tan obvio e indiscutible como en ese entonces. Pero al crepúsculo, el primer hombre despierto rehusó la compañía de la tribu para abismarse en la belleza de un cielo rojo-sangre. El señuelo estaba tendido. Sudadas las manos, empezaba a dibujarse una sonrisa en el rostro de Zeus. Entonces el grito del hombre retumbó en los acantilados y sobresaltó a la tribu entera. Los demás acudieron a las voces y también se quedaron pasmados. El fuego puede ser más eficaz que el agua para combatir al mismo fuego; la razón más que la ignorancia para atentar contra la misma razón. Con la sombra de la tribu sobre la roca, flameó la duda de que nada era lo que parecía. Ni el árbol, ni la montaña, ni el río. Nada volvió a ser obvio e indiscutible como antes. Y así se consumó la venganza de Zeus.

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