lunes, 29 de octubre de 2012

LA VENGANZA DE ZEUS Por Alfredo Baldovino Barrios
Antes de que Prometeo lo robara para donarlo a la humanidad, el Fuego era un lujo de los dioses. ¿Cómo se las arreglaban nuestros hermanos entre la bruma? Nadie lo sabe con certeza. Suponemos que los ojos estaban en las manos y el paladar, en la nariz y los oídos. Que lo interior reflejaba lo exterior. El palpar el propio rostro y el del compañero más cercano, no podía menos que inducir a pensar que el otro y yo éramos la misma cosa. Él árbol, la montaña, el río, a su vez, no podían ser tomados sino como la extensión de uno mismo, como el dedo de un pie o una oreja. La diversidad era la unidad. La más completa dictadura del instinto. Presentida la amenaza en el rugido de una fiera o el bramido del huracán, habría el Hombre de tropezar con miles de obstáculos antes de resguardase en una cueva. Imaginamos una tribu en cuclillas, persuadida de ser una sola y única persona, comiendo carne cruda y balbuciendo incoherencias. Ahítos de vino, bellos y arrogantes, departirían los dioses, mientras tanto, bajo el fulgor de las antorchas. Hasta que ocurrió lo impensable: Prometeo burló la autoridad de Zeus y robó el Fuego en el tronco de una planta para obsequiarlo a los humanos. En un acceso de cólera, el cronida se arrancó mechones de barba y el mundo entero se estremeció con el estampido de sus relámpagos. Pero el daño ya estaba hecho. Prometeo, encadenado a una roca, la flor de su hígado devorada diariamente por un águila, deliraba de dolor y de gozo. El desquite del hijo de Gea no tendría nada que ver con ninguna caja de Pandora, como mintió el loco de Hesíodo. A ningún gato se le ocurre buscar al ratón detrás de su propia oreja. La enfermedad suele esconderse en el interior de la panacea y la panacea en el corazón de la enfermedad. No habría escapatoria. No obstante, al comienzo todo fue dicha acá en la tierra. La luz se enseñoreó en el cielo y una nueva vegetación desbordó los campos. El mundo surgió ante la asombrada mirada de nuestros hermanos como algo inevitable, verdadero, y prodigioso y los balbuceos cedieron el sitio a las primeras palabras articuladas. Ahora cada cosa adquiría un nombre. Ahora nada era tan cierto como ser lo que se era. Qué estupefacción la del hombre que ve por primera vez su reflejo en las pupilas de su vecino, y la forma de los bosques y montañas definiendo un terreno individual , distinto al que trazaba la silueta del propio cuerpo. Fue así como el Yo abrió el paso al Tú y al Nosotros, y como el instinto empezó a ser reorientado por una inquisitiva luz interior. Era tan natural que tú fueras tú, que a nadie le cupo en la cabeza que el mundo pudiera ser de otra manera. El rápido del río estaba en su sitio, las nubes en su sitio, el hombre en su sitio, los dioses en su sitio. Nada fue tan obvio e indiscutible como en ese entonces. Pero al crepúsculo, el primer hombre despierto rehusó la compañía de la tribu para abismarse en la belleza de un cielo rojo-sangre. El señuelo estaba tendido. Sudadas las manos, empezaba a dibujarse una sonrisa en el rostro de Zeus. Entonces el grito del hombre retumbó en los acantilados y sobresaltó a la tribu entera. Los demás acudieron a las voces y también se quedaron pasmados. El fuego puede ser más eficaz que el agua para combatir al mismo fuego; la razón más que la ignorancia para atentar contra la misma razón. Con la sombra de la tribu sobre la roca, flameó la duda de que nada era lo que parecía. Ni el árbol, ni la montaña, ni el río. Nada volvió a ser obvio e indiscutible como antes. Y así se consumó la venganza de Zeus.

sábado, 27 de octubre de 2012

LOS TACONES DE FRIDA
Por Alfredo Baldovino Barrios —¡Estabas coqueteando con ella! —me dijo Frida al salir de la fiesta, dándome un puñetazo en el hombro. —No es como te lo imaginas —dije. Los tacones de Frida resonaban rítmicamente en la acera solitaria. —No es como te lo imaginas —remedó deteniéndose— ¿Me crees estúpida, acaso? Vi cómo le hablabas —se puso el dedo índice en la parte inferior del ojo y estiró el párpado hacia abajo—: Lo vi. No estoy ciega. Traté de rodearla con mis brazos, pero fue como querer atrapar un pez con la mano desnuda en el fondo de un estanque. —¡Suéltame! —dijo—. No quiero que me toques. —Tu cartera, Frida —dije señalando el vacío de su mano. —Supongo que mi tía ya la habrá asegurado —dijo; y agregó—: no quiero volver a esa inmunda fiesta. Seguimos caminando. Un rayo abrió en dos el cielo sin estrellas. La brisa levantó en espiral un grupo de hojas amarillas. Miré mi reloj y eran las 2: 30 de la madrugada. —No sé por qué tienes que ponerte así —protesté. —O sea que yo estoy loca —y se frenó junto a un poste de luz. Se llevó la mano al pecho, arqueó las cejas y añadió—: Dime: ¿Crees que estoy loca? —Escucha Frida yo… —No. Contéstame primero: ¿Todo esto es una película que yo me estoy inventando? Ladeé la cabeza, impotente. Frida me zarandeó por la manga de la camisa. —¿Le estoy hablando a la pared? Respóndeme: ¿Crees que estoy loca? —¡Ya! —grité soltándome. Y bajando el tono—: Acepto que me porté demasiado amable con esa pelada, pero no es lo que tú piensas. —¡Oooh! “No es lo que tú piensas”. Pobresito él: una mansa paloma. Sólo querías hacer amistad con ella ¿Cierto? Te la presento, voy al baño y cuando regreso nuevamente a la sala te encuentro pelándole los dientes, y anotando su número de teléfono en tu celular, pero no es lo que yo pienso. ¡Qué cínico! Nos echamos a andar nuevamente. Los movimientos de Frida eran enérgicos. Sus cabellos de trigo aleteaban sobre sus hombros desnudos. El rostro era austero, pero rabiosamente encantador. Faltando cuatro cuadras para llegar a su casa, junto a un parque, la tomé por los brazos y la empujé hasta un muro. Agarré sus muñecas con firmeza y la miré a los ojos. Soplaba un viento frío. —A ver: a dónde quieres llevarme con toda esta escena —dije. Frida forcejeó: —¡Suéltame, estúpido! —dijo. Traté de besarla. —¡Qué me sueltes! —resistió ella, moviendo la cabeza hacia el lado contrario en que marchaba mi boca. Al fin, encerré su mentón en mi mano y la besé con violencia. Quiso seguir luchando, pero poco a poco fue dejándose domar. Pasó sus brazos por encima de mis hombros y me atrajo hacia sí con una pierna. Mis dedos alisaron los vellitos de su nuca. La otra mano buceó por debajo de su blusa, repasó su cintura blanca y fría como el alfarero las curvas de su jarrón. Tiré suavemente del elástico de su brasier. Ella echó la cabeza hacia atrás, enseñándome los pliegues de su garganta. Mirándome a los ojos, con voz dócil, dijo: —¿Por qué eres así conmigo? —Así cómo. —Así como te portaste hoy. Suspiré con ella todavía entre mis brazos, tibia y palpitante como un pájaro herido en la palma de la mano. —Discúlpame, mi amor —dije—. Acepto que me porté mal, pero te prometo que jamás volverá a ocurrir. —¿Aceptas que te portaste mal? —Sí, ya te lo dije. Frida se puso una mano detrás de la oreja. —¿Será que escuché bien? ¿Será que tengo un oído tapado o me pareció oírte decir que te habías portado mal? —Así es, corazón: me porté mal. —Te portaste mal… —Sí, y te quiero pedir disculpas. Zafándose de mí, dijo Frida con una carcajada irónica: —¡Qué conchudo! Traté de abrazarla: —Ven acá. —¡¡¡No me toques, imbécil!!! Déjame ver si entiendo. Estás aceptando que cometiste un error, o sea que sí había algo. —Eso no fue lo que yo quise decir, en realidad yo…
Frida me cruzó el rostro con una cachetada y apretó el paso. —Ustedes los hombres están cortados todos con la misma tijera. —Respira hondo y hablemos —dije. Empezó a lloviznar. —No es cómo te lo imaginas, acepto que me porté mal. Guevón. Me ves cara de sonsa o qué. —Deja que te explique. —Ahora no —dijo ella llegando al otro lado de la calzada. —¡Está bien! —dije— ¡Has lo que se te dé la gana! ¿Pero sabes qué? ¡Hasta aquí llega lo nuestro! ¡Estoy hasta la coronilla de tus escenas de celo! ¡Me mamé! ¡No voy más! ¡Vete! ¡Si te quieres ir vete, pero no vuelvas a buscarme! ¡No me llames más, olvídate de mí! Frida se dio vuelta, se quitó los tacones y corrió hacia mí hecha una fiera. “Mierda”, pensé alarmado, “ahí viene”. Frida no dejaba de gritar: —¡Lo dices para irte con ella! ¡Lo dices por eso, pero te equivocas si crees que voy a dejarte el camino libre para que te vayas con esa zorra! Con los puños cerrados y balanceando los codos al costado de mi cuerpo, emprendí la huida. Celebraba interiormente la brisa del amanecer y la velocidad de mis movimientos cuando algo puntiagudo me golpeó la nuca. —¡Ay! —exclamé. Frené en seco a mitad de cuadra y me di la vuelta. Frida estaba en la esquina, jadeante, con las manos en la cintura y un mechón de cabello sobre los ojos, sonriendo por la dirección que había llevado su tiro, y como diciéndome: “Cómo te quedó el ojo”. A 4 pasos de mí estaba el zapato agresor con la punta mirando hacia arriba, como el dedo medio de una mano insultante. Yo estaba sinceramente molesto. Entonces la miré a ella, miré el zapato rojo, y lo pateé con fuerza. Me sacudí las manos y caminé de espaldas a Frida. Desde algún lado llegó hasta mí el silbato de un celador, luego el ladrido de un perro, luego las lágrimas de Frida. La vi sentada en el borde del andén con la cara escondida entre las manos y no tuve el valor de abandonarla en ese estado. Me acerqué lentamente deseoso de hacer las paces. Me acuclillé en frente suyo y acaricié su cabello. —¡Mira lo que hiciste con mi tacón! ¡Patán! ¡Patán! ¡Patán! —y soltó una ráfaga de flojos puñetazos sobre mi pecho sin dejar de sollozar. La agarré por las muñecas: —Ya. Ya. Cálmate. Todo está bien —dije. Frida relajó el cuerpo y apoyó la cabeza en mi clavícula. Suspiró. —Tú no me vas a dejar ¿cierto? No me puedes dejar. —No —dije—no te voy a dejar. —Toda la culpa la tuvo esa perra. En el colegio era igual de brincona ¡Uuuisch, cómo la odio! Fruncí los labios. —Ya. Deja de pensar en eso. Frida se sonó la nariz con el pañuelo que yo le extendí. Me puso una mano en el cuello y me miró con una humildad llena de desesperación. —Tú eres solamente mío ¿me oyes?: Sólo mío. La levanté por los codos. —Vamos —dije. Frida caminó descalza hasta donde estaba el otro tacón, lo cogió con la mano y cruzamos la carretera. —¿Eres mío? Contéstame: ¿Eres solamente mío? —Frida… —No. Contéstame antes: ¿Eres mío? Vamos. Dílo. Di que eres mío y de nadie más —Está bien —dije—: soy tuyo. Entonces sonrió. Una lágrima tembló entre sus pestañas y resbaló por su mejilla. —Lo sabía —dijo—. Sabía que estabas loco de amor por mí. —Vamos. —Y todo por esa cualquiera… por esa hijuepu… —apretó los nudillos y tembló toda ella— ¡Uuuisch, cómo la odio! —Ya, Frida. Dejemos eso atrás. —Quien la ve con su cara de mosquita muerta: “hola, querida, cuándo te dejas ver”. Hipócrita. Estábamos a una cuadra de su casa cuando empezó a llover. Quise llevar a Frida hasta el saledizo de una casa, pero ella tenía las manos en alto, asidas a los tacones, y bailaba bajo la lluvia. —Ven —me dijo llevándome hasta debajo de palo de mango, que estaba en un parquecito de columpios herrumbrosos y yerba cortada al ras. Apoyó la espalda en el tronco, tiró los tacones al suelo y me besó con avidez. —No te quiero perder —susurró—: nunca, nunca, nunca ¿me oyes? —No me vas a perder —dije— Me quité la camisa y el pantalón, temblando, y los coloqué sobre la hierba. Frida se sacó el vestido por encima de la cabeza y lo puso al lado de su brasier de encajes. Sentada sobre mi ropa, restregó mi cara por su cuello, que olía a perfume de patilla, y luego me dejé arrastrar por el mar de leva de sus besos. La lluvia borró el resbaladero y los sube y baja desvencijados. El ramaje de los árboles cimbreaba con la violencia del viento. Frida se dejó ir hacia atrás con lentitud, las hebras de su cabello ensortijado cayendo alrededor como los filamentos de una medusa. Abrió los brazos y me dijo: —Ven, nené. Hazme tuya.

lunes, 26 de diciembre de 2011

LOS CHARCOS DE UN LUGAR


El niño abre la reja de su casa con precaución, mira hacia todos lados y avanza en línea recta buscando la tienda que está del otro lado de la carretera. Es muy tarde para correr cuando llega a la esquina y se da de ojos a boca con un grupo de 20 adolescentes, con los suéteres hecho piltrafas y sucios de barro, que lo sujetan por los brazos y los pies, indiferente a sus ruegos, y lo revuelcan largamente en un charco de agua sucia. El niño regresa a su casa llorando, con el billete de mil pesos crispado en la palma de la mano.


La caterva de adolecentes espera una nueva víctima en las cercanías del charco, sirviendo esporádicos tragos de un aguardiente barato, y tirando pases de champeta, cuando ve venir, echando humos por las orejas, al hermano mayor del niño, no más grande, ni más musculoso, ni más viejo que el mayor de todos ellos.

Su aspecto es tan terrífico que todos se quedan inmóviles, y desaprovechan la papaya, incluso, de raptar a un par de pelados del barrio vecino con quien tenían un asunto pendiente desde los carnavales del año pasado. El hermano del niño no tiene que acercarse demasiado para obligar al dueño de la casa a bajarle el volumen a su equipo de sonido:

-¡Eche, cuál es el viaje de ustedes, no me joda! Meterse con un niño que no les ha hecho nada, que no se mete con nadie. Les dijo que lo dejaran quieto, que no le hicieran nada, pero a ustedes les valió güevo. Y eso no es así, Carlitos. Y tú, Mojarra, tú también tienes hermanos pequeños, me extraña, no joda, de verdad que me extraña verte con esas sirvengüenzuras. Eche, mírense, ustedes no son ningunos pelaítos, loco, respeten.


Los muchachos están sinceramente avergonzados. Algunos patean piedras con la cabeza enterrada entre los hombros, y otros desarman bolitas de barro que luego vuelven a amasar negligentemente.


Uno del grupo, al que apodan Caretorta, no aguanta más y da unos pasos hacia el frente:


-Bueno, ven acá -dice-. Qué es lo que vienes a hablar tú, cuadro, cuál es la película que vienes a inventar de respeto y de no sé qué. Aquí no vengas a tirártelas de chachito. ¿Acaso no es hoy martes de carnaval? ¿Porque no fuiste tú a la tienda en vez de mandar a tu hermano si sabías como es que iban a ser las cosas? O qué crees, que tú familia tiene corona o qué.

El hermano del niño empieza a retroceder, al notar que el resto de muchachos ha levantado la cabeza, y que avanza a pasos lentos detrás de Caretorta en una actitud nada amistosa.

-Sí, Caretorta, pero tú sabes que no todo el mundo está en el mismo cuento de ustedes, a nosotros no nos gusta el desorden, somos gente de bien, yo vine fue hablar como persona civilizada.

-Psssssss. Deja de venir aquí a montar cultura.

El grupo no está dispuesto a posponer el ataque por más tiempo. El hermano del niño alcanza a gritar antes de poner los pies en polvorosa:

-¡Hey, esa es barro!

Al doblar la esquina se cansa y cae al suelo. Ahora sus pies están lejos del piso y su cabeza está inexorablemente vuelta hacia el cielo azul.

-¡Sano, sano! -sigue gritando.

El equipo de sonido ha vuelto a prenderse y la comitiva avanza con su trofeo por todo el centro del viejo parque. Alguien le da vuelta al grifo y la manguera escupe un corro de agua en la improvisada cuneta. Luego los muchachos gritan al unísono:

-¡Al charco!
-Eeeeeeeeeeeeh!

EL GATO QUE SE VOLVIÓ VEGETARIANO





El gato se prepara para ofrecer sus razones a la nutrida asamblea. Ha terminado de mondar el hueso de una manzana y de empinarse media botella de leche de soya para aclarar la voz. La audiencia de mininos aguarda ansiosa sobre el tejado.

>>Ocurrió hace una semana –comienza el gato narrador-. En mi historia aparecen un Gato y un ratón. Acomódense.

>> Al principio todo era borroso a través de los ojos del pequeño ladrón de queso. Pronto se aclaró el paisaje y vio la línea de la pared, las patas de la silla de comedor, el piso ajedrezado. El Gato lo llevaba de la cola, con los colmillos, hasta el centro de la cocina. Lo soltó y retrocedió muy lentamente para acurrucarse a la distancia con falsa despreocupación, esperando que el ratón volviera a huir para reiniciar la carrera<<. Los gatos del tejado escuchan en silencio. Uno que otro se recuesta cuan largo es, mirando al gato narrador. Los más bostezan y se acicalan. El gato narrador saca una barra de ajonjolí y la mastica sin prisa. Se relame y continúa: >>El ratón estaba un poco mareado y quería estudiar sus posibilidades antes de emprender la fuga. Una y otra vez lo había intentado sin suerte. Poco a poco su vista se fue desempañando hasta que se sintió listo para huir. Ovillado a unos metros de su víctima, con aire distraído, el Gato aguardaba. Parecía invitar al ratón a que se animara o a que se diera por vencido.

>>Pero el ratón se tenía confianza. Como a la señal de un disparo, corre. Esta vez redobla el esfuerzo, contorneando las patas de las sillas de comedor y rozando la línea de la pared, y pensando que en realidad es muy poco lo que le falta para estar a salvo. Realmente muy poco. Voy a lograrlo, piensa; lo voy a hacer.

>>Ha pecado de imprudente por franquear una zona de la casa que sabía del dominio del Gato, pero jura trastearse a una cloaca, si es preciso, lo más pronto posible, si sale ileso de este apuro <<. Desde lo más íntimo de sus corazones, algunos gatos del tejado se compadecen de la situación del ratón y desean que sea absuelto. No entienden por qué el Gato persecutor no puede hacerse el de la vista gorda, y dejar que el ratón escape y aprenda cuál es su puesto dentro de la escala. Se avergüenzan enseguida, cuando descubren el papel de traidores que han estado cumpliendo: el prestigio de la raza está primero. >>El orgullo del Gato persecutor está en peligro: qué dirán mis amigos si se enteran, necio, lo dejaste ir, no eres tan rápido, ¿Tienes el coraje de llamarte a ti mismo un gato? No nos hagas reír; necio. Piensa<<. Los gatos del tejado asienten sin perder una coma: un gato es todos los gatos. >>Cerca del ratón está su escondite, redondo, diminuto, lleno de chillidos alarmados y de ojos rojos que lo alientan a seguir adelante, a vencer sobre si mismo, sobre el temor y la duda y la desesperanza. A un paso suyo está un invisible tapete de ‘bienvenido a casa’, que él se dispone a pisar, crédulo y ansioso, cuando una pata de largas uñas le corta bruscamente el avance, lo levanta por la cola, y vuelta a empezar.

Una silenciosa ovación se escucha sobre el tejado. No podía ser de otro modo, piensa el público. El gato narrador exige silencio:

>>Llevándolo ahora entre las mandíbulas un tanto flojas, hace el Gato persecutor el camino de vuelta –la línea de la pared, las patas de la silla de comedor, el piso ajedrezado de la cocina- y lo deja caer al suelo. Ahora le cede un terreno doblemente generoso, pega el cuerpo a las baldosas, bosteza, apoya la mandíbula sobre sus dos patas delanteras y se hace el dormido.

>> El ratón está de pie, confuso pero decidido a escabullirse, sin atinar aún a ensayar el más ligero movimiento, y sin dejar de darse ánimos: No debo rendirme, un poco más de fe y de oxigeno en los pulmones y podré hacerlo<<. Los gatos del tejado han llegado al límite del suspenso. Dan la impresión de no respirar. Los más distraídos se han acomodado para escuchar mejor. Lo impensable está por ocurrir, piensan. Y las apuestas se dividen. El Gato desafiante espera. El ratón espera: todo es uno. >>Con el alma en vilo rompe a correr el ratón. Corre. Pone toda su astucia, toda su agilidad en este intento definitivo, y el Gato siente que se le está yendo, que se le va a ir, y salta desde lejos y se interpone en su camino, el ratón huye por debajo de sus patas traseras, el Gato gira sobre sí mismo y otra vez lo atrapa a la entrada de su agujero<<. Los gatos del tejado suspiran: el honor de la raza se ha salvado una vez más. Los demás a la porra. >>Ahora todo vuelve a ser borroso como al comienzo: la cocina, la pared y las sillas del comedor. Nuevamente todo parece estar rodeado de un halo de irrealidad –recalca el gato narrador-. Todo vuelve a temblar ante la vista del ratón, que ahora tiene una esperanza: la esperanza de que nada sea cierto. Entonces piensa sonriendo: Fui tan ingenuo al no sospecharlo. Cerraré los ojos y al abrirlos me reiré como nunca de esta farsa.

>>Sin embargo, el crujido de sus huesos dice todo lo contrario, y una estrella de sangre estalla en la punta de su hocico. Justo cuando va a ser devorado, en efecto, despierta el ratón de la pesadilla.

>>Ha sido un alivio volver a la luz de la mañana. Sus costillas están intactas, pero el cuerpo luce más pesado que de costumbre, y conjetura que es producto de una mala digestión.

>>Con sigilo avanza por el vestíbulo de la casa y advierte que no hay peligro alguno de que siga adelante. Entonces busca su reflejo en un tazón de leche y descubre unos colmillos filosos, unos bellos ojos verdes, unos bigotes, y maúlla.

>> El ratón era yo –concluye el gato. Destapa la botellita y vuelve a beber-: Desde entonces soy vegetariano<<.

Los gatos del tejado dicen que sí con la cabeza, pero creyendo en el fondo que a su amigo le falta un tornillo. Con todo, se marchan a un rincón del tejado, buscan un cristal donde mirarse y maúllan con fuerza… para salir de dudas.

EL ESCRITOR DETRÁS DE LA GALLINA

La historia inconclusa es la gallina que diste por muerta cuando apenas te fatigabas en su persecución, eludiendo palos de mango y totumo y anón y guayaba agria, y el desaguadero que partía de un baño sin tejado y con una cortina de flores como puerta única.

Más aún la diste por muerta cuando quedó atrapada entre la pared de la casa adjunta –los perros del vecino ladraban sin que pudieras verlos- y una esp

igada cerca de guaduas y palmas secas que lindaba con un monte de pringamosas.

Celebraste tu astucia con las manos en la cintura, pues fuiste más rápido y más inteligente. Un paso adelante, tus manos en el pescuezo blando, un darle vueltas a esa cresta pusilánime y todo estaría listo. Tus amigos comerían los muslos y las pechugas que les prometiste.

Eso pensaste.

La gallina te miró impotente, y tú, todavía a un paso de ella, te tomaste unos segundos para regodearte en el vapor imaginario de la carne que subiría hasta tus narices. La gallina te miró inmóvil, salvo el pecho que se esponjaba al ritmo de su respiración acezante.

Una gota de sudor resbaló por tu mejilla hasta la comisura de tus labios Cayó un totumo al pie del baño sin tejado y volviste la cabeza para mirar.

El resto fue veloz: una flecha de plumas pasó por debajo de tus piernas, trepó a la rama más alta del palo de totumo, y saltó al patio de la casa del vecino, donde los ladridos de los perros se hicieron cada vez más fuertes, plumas, colmillos, sangre, silencio. Te diste por vencido. Y quedaste empapado de una lluvia de plumas diminutas y algodonosas, y al fondo una olla de agua hirviendo en el fogón de leña, y un grupo de amigos blandiendo inútiles cuchillos y cubiertos, y un fólder lleno de historias truncas que te prometes terminar algún día, y un reguero de mierda de gallina mofándose de ti por todo el patio.

PRODIGIOS MATEMÁTICOS




La anécdota es de mi hermano, que estudia ingeniería química en la universidad del Atlántico. Un profesor suyo, me cuenta, cubrió el tablero hace un par de semanas con un complicado ejercicio matemático que él mismo había diseñado en su casa para compartirlo con sus estudiantes. Cuando se aproximaba a la respuesta empezó a vacilar. Se puso las manos en la cintura, dio unos pasos hacia atrás, recorrió con la vista todo el tablero, siguiendo con el dedo la secuencia de cada operación, hasta que pareció haber visto la luz. Escribió la solución con ademanes resueltos y se volvió hacia la clase para ver cómo le había quedado el ojo.

-Esa respuesta está mala -dijo mi hermano- porque si despejamos "y", entonces "x" y "z"...
-Déjame ver -dijo el profesor. Después de inspeccionar nuevamente el tablero, reconoció-: Sí, Baldovino, así es.

Borró y volvió a escribir, pero al final se dio por vencido Se rascó la mollera con talante preocupado y murmuró de espaldas a sus estudiantes:

-Qué raro. En la casa sí me daba.

MALENTENDIDO


Alguien escribió a mi correo manifestando su deseo de publicar un cuento mío en una página que tenía bajo su administración, y yo le respondí que me sentía muy honrado. No obstante, fui enfático al advertirle que se abstuviera de seguir la edición que circulaba en una antología, por no respetar la puntuación que yo proponía, acorde al ritmo interior de la historia, y por cambiar sin mi consentimiento algunos términos.

Como el cuento apareciera en la página web, de todos modos, emulando la versión de la que yo abjuraba, escribí un correo al amigo de la manera más decente posible, esgrimiendo todos los recursos que cabe imaginar en este caso para recordarle nuestro acuerdo, y defender mi posición con respecto a la ausencia total de comas en el penúltimo párrafo.

Resultado: el amigo descolgó el cuento y me dijo que qué pena, que no sabía que yo me iba a molestar, que esa no era la idea, y otras cosas por el estilo. Más tarde, incluso, llegué a leer en dicha página algunos comentarios denigratorios hacia mi persona, fomentados vaya a saber por quién, donde decían que quién me creía yo, que tanta alharaca por un cuento de mala muerte, y bla, bla, bla.

A mí sinceramente me dio risa el asunto, y apoyado en la certeza, que ya es un cliché, de que los escritos se defienden solos, presté oídos sordos y resolví no responder a las provocaciones.El cuento fue que terminé siendo el malo de la película por reclamar lo justo.

¿De dónde le viene a la gente la idea de que es lícito y hasta saludable meterle mano a los escritos ajenos, como si fuera el sancocho a la orilla del río, donde todo el mundo pica verdura y mete cuchara, contando con el hecho improbable de que el autor estará de acuerdo?

Ahora entiendo lo que sintió Tanguito en la película cuando salió de la cárcel y escuchó "El amor es más fuerte" convertida en un divertimento para los chicos rosa de Buenos Aires....